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Memoria de un pasado que fue

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Memoria de un pasado que fue

Luis P

Hace un año dejé en casa de mi vecina, "La China Mendoza", un ejemplar de mi libro "General León 51". Estaba seguro que le interesaría el tema y el archivo fotográfico. Olvidé el asunto. Después de un año, encontré al entrar a General León 51 un recado que decía: "Le envío mi artículo sobre su maravillosa casa. Su vecina, María Luisa Mendoza. Gral. Cano 63".  

Me honra y me alegra enormemente que "La China" se haya ocupado de mi casa. Por décadas he disfrutado su columna en "Excélsior".

Gracias, María Luisa. 


Texto escrito por María Luis Mendoza, "La China". Publicado el 25/07/2015 en el periódico Excelsior (primera sección, página 11):

 

Vivir la vida es un privilegio, alto y tan increíble (como para todo, dicen en la tele) que lo estupe-facto queda en casa del demonio dado lo asombroso de la constatación.

Por ejemplo, vivir como yo los últimos tiempos sumida en la depresión y soñando sólo con el pasado: la casa familiar en un cerro de Guanajuato con todos mis primos vivos, la orquesta del Valle de Santiago tocando en el jardín y Alfredo Ávila dirigiéndola con la batuta que parecía de él, y todos bailando entre frutos, flores, metidos en los aires primaverales casi ventarrones. Y yo y todos tan jóvenes… Si vuelves de la duermevela, dices en voz alta “soñé con mi primo Alfredo” para que no se te olvide el sueño al oírlo los perros. Te vuelves, entras en la depresión y la tristeza, la evocación casi tocable de lo que fuiste, el cabello suelto, la falda floreada, la blusa blanca y tus piernotas para subirlas y bajarlas por los cerros de la localidad. Sabes que ya pasó todo, pero no la saudade, ese como dulce dolor de la premura de la muerte. Mi familia, mi casa familiar, pues, la luz de los balcones, los visillos corridos, los tibores retacados de magnolias, y las ricas viandas para comer.  Sólo en los sueños.

Tienes que escribir y te encaminas de la cama calientita a la mesa de trabajo. Das con un libro que un día dijiste “voy a leer” y entre dolores y tragedias se te fue pasando el tiempo. Se llama General León 31 y está firmado por Luis Palacios Kaim. Lo empiezas a hojear antes de lanzarte a lo urgente: el artículo del que comes y vives. Empiezas a entender por qué dejaste para luego la lectura: parece el libro algo fuera de lo común sin pies ni cabeza; de fotos y muy poco texto, algo que te aclare qué es eso: ya sabes: la casa amarilla de la esquina de tu calle General Cano, la que tiene el árbol que llora enfrente, tal vez el chopo de Octavio Paz. La de las ventanas que miras desde tu recámara siempre abiertas, la casa tan antojada por ti (ojalá hubiera podido yo comprarla, pero si en la que vives estás tan sola allí adentro que pareces ciruela en una cazuela, tu casa de hoy tan parecida a todas las casas de tu vida desde aquella frente al Teatro Juárez donde naciste, arriba del entonces billar de Valadez, y la del callejón del Calvario, y la de Celaya, y las de Santa María la Ribera, principalmente la de Naranjo 106 de tu preciosísima adolescencia, frente a la casona de los Limón Lascuráin). La casa de General León ansiada por ti, solitaria, en ruinas porque a nadie le interesa el pasado como a ti (lo que pasa es que todos creen que no se van a morir pero ¡ya!).

Total: empecé a escarbar en sus páginas con fotografías dolorosamente reales de la sala en ruinas, las recámaras con el sol en el piso que habrá sido pisado por piececitos de niños y de nanas y papases presurosos todos por experimentar el pasado que se les venía encima hasta que a Luis Palacios Kaim se le ocurrió comprar esa casa ya en la historia de lo que fue.

Por el barrio corren historias, tal la inverosímil de que se van a llevar la casa piedra a piedra, como aquella de mis abuelos que hizo Tresguerras en Celaya y fue arrumbada trozo a trozo, como si hubiera sido el Palacio de Bellas Artes (ya no queda una sola tía o tío que fueran los niños habitantes de tal mansión tresguerrera… sólo aquellas pláticas de mi padre en los anocheceres). Pero vuelvo a San Miguel Chapultepec, conmovida hasta las vísceras de los retratos de esa esquina fantástica sobre todo cuando había en ella aún muebles de la vieja familia que la gozara: la mesa del comedor con su frutero, las vitrinas, los esquineros… las sillas, etc.  Yo me acuerdo del orgullo de mi papá al enseñarles a mis tíos, sus hermanos, las sillas Queen Ann del comedor, digo. (Eran otros tiempos, otras satisfacciones, otras alegrías de poseer algo como mi propia casa, me alebresta de placer al vivirla mirando por las ventanas agrandadas por nosotros los árboles del jardín, la jacaranda abrazada en abril para que florezca, la especie arbórea de pino que yo misma sembré con mis manitas... Y contemplar los árboles del notario frente a mi casa desde mi mera cama leyendo el horror de las noticias en los periódicos y calmando mi terror de haber vivido este tiempo que no merecemos, de zozobras, de inseguridades, de pobreza, y sin cambiar de nacionalidad, religión, posición política, sexo y amor del bueno por los animales). Tenemos todo por la misericordia divina e insisto en el todo porque nunca nos ha faltado algo. Por eso, aquí y ahora, grito una oooo por el libro de Juan Cano 51, que hubiera dado media hora de la vida que me queda por vivir los rincones tan mexicanos, tan de lo que la colonia fue, la gente que la habitó, las puertas, la herrería de las ventanas, hasta la elegancia de la oxidación y la vejez que el tiempo se ocupó de firmar para que nosotros, los paseantes por la esquina de esa habitación de familias como la tuya o la mía (por ejemplo ese libro de Palacios Kaim me hizo retroceder sin ningún esfuerzo: yo vivo en el pasado), aquella mi “residencia” —decíamos— de Naranjo 106 con mis amigos de los quince años, los Toscano, los Esquerro, las Moreno, un muchacho Escudero, mi novio Popo Malo Saldaña, los Arrache, los Buzo, los Jaime, los Richaud, los De la Llave, los De la O, los Corral, los Samaniego, y así hasta el infinito, allá donde volveremos a ser muchachos, a pasar las tardes comiendo membrillos en la azotea con la Güera Roca… Mientras, me asomo a mi balcón a ver ese milagro que me regaló el desconocido Luis Palacios Kaim.

Recuerdos de ayer.

(link al artículo en el periódico Excelsior: http://www.excelsior.com.mx/opinion/maria-luisa-mendoza/2015/07/25/1036591 )